Vacaciones refamiliares. Parte I: sin niños

olas que van y vienenLas vacaciones en Refamilia son de lo más variadas, en destinos, compañías y emociones.

A saber, los hijos de padres descasados:

  • disfrutan de sus padres en quincenas alternas: una quincena con mamá, una con papá
  • tienen menos semanas de campamentos de verano o estancias en pensión completa con abuelos porque siempre hay algún “padre” de vacaciones
  • tienen planes de lo más atractivos y variados: cada quincena tiene su encanto y es diferente
  • acaban hasta el moño de tanto plan y quieren estar en casa, jugar con sus juguetes y dormir en su cama

Y los padres descasados:

  • se cogen las vacaciones en el trabajo en quincenas alternas: vacaciones cuando están con los niños, trabajo cuando están solos
  • tienen cubiertas casi todas las vacaciones de sus hijos, así que ahorran en campamentos de verano, y si hay pensión completa en casa de los abuelos, se apuntan
  • tienen tardes de soledad para disfrutar de una horchata en la terraza de moda, ver exposiciones largo tiempo pospuestas, quedar con amigos y tomar gin tonics hasta altas horas de la noche
  • echan terriblemente de menos a sus hijos y, a pesar de hablar con ellos a diario, su piel clama por un largo achuchón

Este año en la Refamilia hemos logrado sincronizar las vacaciones: las quincenas con niños y sin niños han coincidido casi a la perfección, y no es tarea fácil, porque implica cuadrar disponibilidad laboral y preferencias de cuatro adultos.  Ahora que estamos en el ecuador de las vacaciones escolares, hemos pasado ya una quincena “de novios” y otra en Rafamilia, y acabamos de inaugurar la segunda quincena de pareja.

En cualquiera de las dos modalidades de quincena está asegurado el viaje en montaña rusa: caídas vertiginosas que hacen que tus entrañas queden encogidas justo debajo del corazón, alternadas con largos loopings y divertidos recorridos.

Una que ya está en cuarto de divorcio sabe que los primeros y los últimos días son los peores. Los primeros porque es como si en las maletas de los niños te hubieses dejado entre camisetas una parte de ti. No es meramente el estar lejos de ellos, porque cuando eran más pequeños dejaba a los niños con los abuelos en verano o para ir de viaje, y no era lo mismo, no tenía esta sensación de abandono (no de que los Soles se sientan abandonados: la abandonada soy yo…) Es otra emoción, un sentimiento más triste, uno que no puedes evitarte, porque tiene que ser así: forma parte de los gajes de estar descasado.

Cada día estoy más agradecida porque la tristeza no va acompañada de angustia: sé que los niños están bien y puedo hablar con ellos siempre que quiero. Tengo personas cada día más queridas que no pueden decir lo mismo… ¿es posible imaginar la tristeza de tener a tus hijos lejos combinada con la angustia de no saber cómo están, o si les están desdibujando su imagen de ti…?

Pero pasan esos primeros días, vas al cine con el Cielo, quedas con varias amigas, te paseas por algunas tiendas y piensas que tal vez la situación no sea tan dramática: tú también necesitas tiempo para ti, para no mirar el reloj, para no tener que planificar las cenas (cuando estamos solos, comemos fatal, entre huevos fritos con una lata de algo en casa y huevos rotos con jamón en una terraza :) tiempo para preocuparte por tu manicura y depilación, para reorganizar los armarios, para tirarte en el sofá…

Y aprendes a disfrutarlo. Aunque no lo parezca, es de verdad un aprendizaje: las primeras veces no sabes ni cómo estar sin tus hijos, en tu casa de pronto silenciosa, pero poco a poco encuentras tus espacios, y te sientes cómodo en ellos, los necesitas incluso. Son espacios que no era consciente de necesitar antes del divorcio, pero que ahora considero indispensables… momentos para mí y para compartir con el Cielo. A veces nos parece increíble tener cuatro hijos y tiempo para nosotros, y nos sentimos muy afortunados por poder tenerlo todo, a turnos, pero todo…

De repente, cuando ya estás hecha a la vida de soltera despreocupada, pasa por el pasillo de galletas en el supermercado, ves sus favoritas y te ataca la melancolía de unos besos que no te dan, la nostalgia de abrazos de manos pequeñas y sucias, el silencio de una noche en la que nadie pronuncia un “mamá” somnoliento, el deseo de tocar una piel tan querida y familiar como tu propio ser… te parece que no puedes soportarlo, que no podrás sobrellevar los tres días que quedan para que vuelvan. Como en unas vacaciones demasiado largas, en las que ya te da igual lo que quede por ver: tú sólo quieres volver a casa, que vuelvan a casa.

Y entonces llega el día… los anuncios del Almendro son descafeinados comparados con la alegría de achuchar otra vez a tus hijos, que de repente están más altos, más morenos, más mayores, más cariñosos que nunca y, por fin, te sientes completo, más feliz. Inauguras con ilusión la quincena venidera, sin contar los días, para que no aparezca el rumor sordo de la siguiente separación.

Y así se pasa el verano, entre soledades y multitudes…

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