Descasados para siempre. Parte II. Los Soles.

Mi hermano y yo, por el Primer Sol (2009)

Mi hermano y yo, por el Primer Sol (2009)

Cuando al Primer Sol le dijimos que ya no estábamos casados, acuñó el término descasados, que a nosotros nos ha resultado muy apropiado, infinitamente superior a divorciados. Así fue como mis hijos vivieron el divorcio, y estos son retazos de sus reflexiones solares:

Primer Sol, a los pocos meses del divorcio: “Mamá, ¿la gente descasada se puede volver a casar?”. “¿Entre ellos o con otras personas?”. “Entre ellos otra vez”. “Bueno, sí, se pueden casar otra vez, pero es muy difícil enamorarse dos veces de la misma persona”. “¿Para casarse hay que estar enamorado?”. Ángel mío. “Si, cielo, hay que estar muy enamorado, es muy importante”. “Ah”. Ni idea de lo que es estar enamorado, claro, pero precisamente por eso, muy difícil de rebatir…

Primer Sol, el primer San Valentín tras el divorcio, en una tienda lleeeeena de corazones: “Mamá, ¿le vas a hacer a papá un regalo?”. “No, cariño”. “Pero tú le quieres, ¿no?”. “Sí, pero no estoy enamorada de él, y San Valentín es el día de los enamorados”. “Ah, claro, que estáis descasados”. De verdad que deberían quitar lo de divorciados y poner descasados, que está mucho más claro y es una palabra bastante más amable…

Primer Sol (inquisidor infatigable), al final del primer verano tras el divorcio: “Mamá, ¿la gente descasada se puede volver a casar?”. “Cielo, ya te expliqué…”. “Sí, sí, todo eso de estar enamorados… Pero yo digo vivir juntos y ya está”. Pobres míos, lo de ir y venir era lo que peor llevaban al principio. Incluso a día de hoy, para pequeños y mayores, las quincenas veraniegas son eternas.

También sufrí chantajes… Los abuelos paternos de los niños tienen una casa en la playa, y cuando estábamos casados solíamos ir de vacaciones. Esas primeras vacaciones descasados, a la vuelta, el Primer Sol me comenta, así, como quien no quiere la cosa: «Mamá, han abierto una heladería nueva en Denia. !Tienen los mejores helados del mundo!«. «¿Ah, sí?, qué bien«. «Si Papá y tú volvieseis a estar casados, podrías probarlos…» Le auguro un gran futuro, porque apenas contaba 5 años.

El Primer Sol nació maduro. Así, tal cual. Hay personas que serán inmaduras por más años que cumplan, y personas que nacen reflexionando y con criterio (y cierta suficiencia derivada de lo anterior, claro), y mi Sol es un buen exponente del segundo grupo, del de los que le dan vueltas a las ideas hasta que tienen sentido. Así, con sus preguntas y mis respuestas (siempre, siempre, respuestas) él tiene lo que necesita para que su realidad sea coherente.

El Segundo Sol va camino de la madurez (pobre, ¡ya a su edad!) de la mano de su hermano, pero él es un alma libre, autodidacta, de principios propios y muy creativo, y la lógica no siempre responde a sus preguntas, así que se inventó algo que le acompañase en su duelo: su mamá Emma.

Su mamá Emma se presentó con frases como “Mi mamá Emma está fregando los platos, pero se le ha escurrido un vaso y se le ha roto. “¿¿¿Quién???”. “Mi mamá Emma, en Navarra” (en la guarde estaban aprendiendo las Comunidades -quién no tiene un plan de estudios que las incluya con dos años-, y en el mapa de España que tenían, la foto del Segundo Sol se quedó pegada en Navarra). El Primer Sol, con su lógica marisabidilla, “Pero si tú ya tienes una mamá y has nacido en el hospital, no en Navarra”. “No, no es Mamá; es otra mamá”. Pues vale…

Y su mamá Emma de Navarra empezó a aparecer por otros rincones “Mi mamá Emma me deja comer chicle” o “Pues mi mamá Emma no se enfada…” o “Ayer estuve con mi mamá Emma”. Y yo, que soy de todo menos perfecta, al trapo entraba a competir con su otra mamá, que tantos caprichos le daba “¿Te da tu mamá Emma tantos besitos?” o “¿Te prepara tu mamá Emma una comida tan rica?”. Pues sí, a veces hasta cocinaba mejor que yo…

Con Emma yo tenía sentimientos encontrados: por una parte, cuidaba de mi hijo cuando yo no estaba (¡y aún estando!); por otra, hería mi orgullo materno, ¿no era yo lo suficientemente madre que necesitaba dos?. Los amigos imaginarios tienen un pase, que todos los niños yanquis tienen uno, pero ¿una mamá imaginaria? No hubo habido pesadillas, ni agresividad, ni dibujos inquietantes, que era lo razonablemente esperable en estos casos, pero ¿era esto mejor o peor?

Dos cosas hicieron que Emma se fuese de nuevo a Navarra. Una, que yo misma dejé de darle vida contestando a los comentarios del Segundo Sol; simplemente la ignoré, como al resto de cosas que no existe. Otra, que el Primer Sol le soltó un día: “Pues tú quédate con tu mamá Emma de Navarra, que yo me quedo con Mamá”.

Y volví a ser, indiscutiblemente, madre única.